domingo, 13 de abril de 2008

Mi terapeuta dice...


Hace unos días me gané por la televisión un pase gratis para todas las funciones del 11º Tour de Cine Francés en México. Recogí mi pase en el edificio del canal y cuando salí de ahí pensaba en lo bien que me siento cuando escucho a un francés hablar francés -válganme la redundancia- y en lo mejor que me sentiría al disfrutar mi última semana en Chiapas yendo todas las noches al buen cine.

Esperaba tanto esta noche, que comencé, con algo de melancolía, a disfrutar de mi día con un desayuno cocinado por mí mismo: hot cakes con muchas nueces y chispas de chocolate. Me hacía falta preparar un licuado de avena con chocolate –mi favorito-. Busqué entonces leche deslactosada en el refri y recordé que anoche había bebido el último vaso. Subí corriendo a mi recámara. Unos jeans, playera muy ajada y mis vans fueron suficientes para salir a comprarla a la tiendita de la esquina –en mi cuadra es el Aurrera del centro-. De regreso a las cajas registradoras, con el litro de leche en las manos, descubrí un tarro de nutela, bueno, había varios en el anaquel; pero ese tarro que vi, era el tarro que me rogaba ser parte de mi desayuno y me lo llevé.

El sol era suave, pero mi trastorno del sueño ha hecho estragos con mis ojos y ahora tengo que salir con lentes oscuros aunque sean las seis de la mañana. Saltaré la parte donde llego a mi casa, abro la leche y preparo el licuado después de regar un poco de todo y quebrar un vaso, pues había jurado que nada me echaría perder el día. Eran los mejores hot cakes que alguien me había preparado –cuenta por que los prepararon mis mejores ganas de estar contento y la emoción de que estaría sentado en el cine disfrutando mis últimas películas en la ciudad-. No encendí la televisión y puse música, Les Annes Musiques, para tararear un poco de francés en la mente. Entre el cuarto y el quinto cake, pensé en que quizá sería bien ir acompañado. Así, anoté en mi libreta de cosas por hacer: LLAMAR A MEJORAMIGA -con letras tan grandes que abarcaron una sola hoja-. La llamaría después de las cuatro, después de su trabajo. Terminé mi desayuno utópico, lavé los trastes, levanté mi tiradero y tomé un baño.

Después, hice lo que tenía que hacer –ir a la universidad, recoger a mi sobrina, cobrar las rentas, preparar la comida, lavar los trastes, etc. etc.-. El día corrió tan apresurado que apenas le vi el polvo.

Perdí un poco de tranquilidad cuando entré a mi recámara y recordé que no había levantado los cd’s y dvd’s del piso, me detuve junto a mi cama, respiré profundamente y en mi mente alguien dio un par de palmadas, como para despertarme, y dijo “¡Bah! Este es tu día perfecto, que no lo arruine un bonche de cosas tiradas… a menos que te lo pidan en francés”. Mis labios sonrieron y mis ojos encontraron la foto que tanto me relaja.

Ya eran las cinco de la tarde, sin revisar mi libreta recordé la llamada pendiente. Colgué el teléfono después de concertar la cita y salí de mi habitación dando unos pasitos de alegría cortos y rápidos. Ya con la toalla en la cintura busqué el disco del soudtrack de Amelie –una de mis cintas favoritas, ¡y de quien no!-, la chose era no dejar el tarareo francés, esta vez era el acordeón el que me animaba y después, el tecleo de una máquina de escribir a ritmo de melancolía me daría un masaje en la hipófisis para que segregara las hormonas del amor. “¿Y de quién me enamoro esta vez?” me pregunté. “¿Y por quién querré perder el sueño esta noche?” Volví a preguntarme. “¿Será que esta maña tuya de estar enamorado de todas ellas y no de una sola tendrá que ver con alguna malformación en tu cerebro?” me pregunté presintiendo el rompimiento del encanto entre la regadera y el acordeón.

Quise dormir un poco. No pude. Mientras preparaba café, repasaba las clases de inglés con mi sobrina. They’re swimming in the ocean, the trainers are feeding at the dolphins, look at the children! They’re buying ice cream cones! Dejamos los libros a un lado y platicamos un rato. Yo miraba el reloj del comedor mientras echaba azúcar a mi taza y mi sobrina recordaba el temblor de la mañana, “…es el más fuerte que he sentido.” comentó mientras mordía una galleta. Reíamos con sus programas de televisión, mi celular comenzó a vibrar: era mi mejor amiga que me pedía que saliera a la calle por que ya venía y con el tránsito que había no podría estacionarse. Me despedí de mi sobrina y corrí a la calle, me subí al coche, dijimos hola y nos dirigimos al cine. Por fin, mi esfuerzo por llegar a esta hora con el corazón feliz había sido recompensado, pensé.

La película estuvo fantástica. Otra de esas historias con las que sueño. Todos en la sala estábamos encantados. Después de reír y reír y sonreír más con su ternura, un final que se apoderó de mis tripas, estrujó a mi corazón y anudó mi garganta, hizo que anotara este título dentro de mi lista de filmes para recordar. Salimos con la sonrisa en la cara y quedamos en asistir toda la semana. Conduje de regreso.

Mis ojos ahora me duelen pero no puedo dormir. Tengo un poco de hambre, cosa que arreglaré con un vaso de leche caliente, dicen que es buena para conciliar el sueño. Mi terapeuta dice que lo que tengo es un problema con mi ser: no estoy haciendo las cosas para las que he nacido y con lo que he estado soñando. Cosa que también está por arreglarse.


Febrero 12 de 2008.
Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, México.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

hola, todo iba muy bien atractivo, pero a mi no me gusto el final, no cerraste adecuadamente para el texto, besos. Ros.

TAVO atrapa SERPIENTES dijo...

te pudo parecer algo cortante el final... pudo parecerte como que no encaja. La propuesta en el relato no es en sí contar un día de cine en la vida de alguien (mìa, por decirle de algún modo), sino la intrascendencia de la vida diaria cuando no se está viviendo la vida que uno quiere... así, un dìa que esperas con tantas ansias y emoción (por el motivo que sea), debería ser el modelo de los días en nuestra vida. Por eso el final del terapeuta...jeje!